Marcos Canteli (San Julián de Bimenes, 1974) afronta con Libro de jaikus, de Jack Kerouac, su segundo trabajo de importancia en el campo de la traducción, tras verter con éxito Pieces (Pedazos, Bartleby Editores, 2005), del también norteamericano Robert Creeley. El poeta, que está a punto de leer su tesis doctoral en Duke University (EE UU), es autor de tres poemarios, el último de los cuales, Su sombrío (DVD Poesía, 2005), mereció el premio «Ciudad de Burgos».
-¿Qué conexión hay entre el Kerouac narrador y el Kerouac poeta de haikus?-En ambos (si es que cabe separarlos) hay una relación con la escritura como forma de libertad. El Kerouac de la famosa «prosa espontánea» y el de los jaikus concibe la escritura como exploración, despojamiento, fidelidad a un latido no literario, sino vital.
-¿Basta el cultivo del género para atemperar, como dice en el prólogo, la épica autobiográfica del autor de «En el camino»?
-No sé si basta, pero, indudablemente, ayuda. Animado por lecturas budistas y zen, por amigos como Gary Snyder, Philip Whalen, etcétera, el jaiku supone para Kerouac entrar (insisto: desde la libertad) en una disciplina de atención que, en cierta medida, diluye ese peso de lo biográfico. En el jaiku. como en el zen, se borran los límites entre el adentro y el afuera. Es consagración de lo mínimo y de lo cotidiano, y, en ese sentido, es también profundamente antiépico.
-El haiku, por sus restricciones métricas, coarta, es una celda; pero, al mismo tiempo, comporta un ideal de sencillez y naturalidad lingüística en el que muchos poetas han querido liberar su lenguaje. ¿Es así, también, en el caso de Kerouac, aunque él ignore las normas prosódicas de la estrofa?-Sí, diría que sí. Y no sólo ignora el cómputo silábico, sino que en ocasiones presenta como jaikus poemas de dos versos. Esa sencillez, instantaneidad y capacidad de condensación del jaiku es lo que a él le interesa. De ahí que en algún momento los llame pops (explosiones, saltos), eso que salta ante los ojos.
-¿Qué dificultades le ha planteado la traducción?
-Varias. La primera, quizás la más evidente, la peculiar puntuación y ortografía de Keroauc, que he intentado respetar en la medida de lo posible (y que muchas veces obedece a criterios musicales, pero también a cuestiones del soporte de la escritura, de la inmediatez de ésta, su calidad de apunte); luego hay algún jaiku que, simplemente, resulta intraducibie, porque condensa campos semánticos, fónicos, etcétera, imposibles de trasladar a otra lengua, además del peso de lo coloquial (Creeley decía que Kerouac era sobre todo un «verdadero oído» y una «voz humana»), del cambio de imaginario o, en ocasiones, del juego con el absurdo.
-Elija un haiku de Kerouac y diga por qué le gusta.-Hay muchos, pero, por ejemplo, éste: «Amarilla y baja / la luna -debajo / El candil, la calma de la casa». Tal vez algún día logremos vivir ahí
jueves, 29 de noviembre de 2007
Neones Zen - Kerouac en LNE (suplemento Culturas)
«Neones, restaurantes chinos / van apareciendo- / Las chicas vienen en sombras». El parpadeo del neón no es sólo el símil que más conviene a la paráfrasis de un haikti de Jack Kerouac (1922-1969), sino el que mejor explica su propuesta de revisión del género desde una perspectiva menos occidental que norteamericana, es decir, rápida, desinhibída y con aire de improvisación; de ahí la sustitución de un imaginario colectivo, insertado en el cuerpo de una tradición heredada, por otro netamente personal, que el escritor estadounidense realiza, en lo prosódico, liberando a la estrofa japonesa de su proverbial rigor métrico y, en io temático, intercalando entre las escenas del esplendor o el paso de las estaciones otras inspiradas por la vida en la gran urbe, los espacios abiertos o la historia menos amable de su país. Como explica en su prólogo el asturiano Marcos Canteli, autor de la espléndida versión de los más de 500 poemas reunidos en este Libro de jaikus, «Kerouac se fue aplicadamente al jaiku hasta hacerlo suyo y meter en él lo suyo». Lo suyo, que es lo mismo que, antes que él, fueron a buscar en la composición (tres versos de 5, 7 y 5 sflabas), en su paradigma de concisión e instantaneidad, Ezra Pound, Kenneth Rexroth o William Carlos Williams: un soporte ideal, por su naturalidad lingüística y su carácter visual, además de por su apego al objeto, para transmitir los matices (o, a veces, la ausencia de ellos) de la cambiante vida de los americanos del Norte, cifrada en esos neones que se encienden y se apagan. Así, es fácil encontrar, junto a estampas domésticas («Martes-otra vez / esa gotera / De mi tejado») y emblemas de la desolación («No hay telegrama hoy / -Sólo más / Hojas que caen») y el aburrimiento («Luna de agosto-oh, / Tengo un grano / En el muslo»), otras en que Kerouac se siente colmado por la revelación de la naturaleza («Terrazas de heléchos / a la sombra / Goteante de la secuoya»), creando una amalgama, algo ciclotímica, de desesperación y euforia con la" que el autor pretende aprovisionarse de detalles que puedan dar cuenta de la vida, tal como querían Basil Bunting y los objetivistas. Sin embargo, como ocurre siempre con el hailoi (así lo señala Canteli), el yo poético «tiende a la desaparición» para que el poema (artefacto verbal, objeto él por sí mismo) pueda erigirse en único protagonista, liberado de las ataduras biográficas y arguméntales. Así es, aunque con salvedades, pues, pese a que en estos poemas el «yo aplastante de la épica biográfica se atempera», como apunta también el traductor, es mucho el peso que aún deja en ellos la escritura de novelas como En el camino o Los vagabundas del dharma. Por eso ese «dar cuenta de la vida» incurre con frecuencia (no diremos que demasiada, porque Kerouac adopta el haiku sin renunciar a ser Kerouac) en un dar cuenta de las circunstancias del propio caminar febril del escritor, en los años posteriores a su descubrimiento del budismo. En ocasiones las piezas se nos presentan como planos de una «road movie» en los que no es difícil sentir el aliento de un gran narrador («El Greyhound, / traqueteo toda la noche, / Virginia»); otras, más sutiles, son el resultado de un estudio pormenorizado de las instantáneas de Basho y Kobayashi (o de haikuistas más modernos, que no respetan las reglas de la estrofa, caso de Ozaki Hoosai), sólo que sustituyendo el motivo de la naturaleza por el del viaje («Los silos, esperando / a que la carretera / Se les acerque»). Pero todavía hay otras en que encama la primera ley del budismo («la vida es sufrimiento») y el yo vuelve a instalarse, bien que con tiento, en el poema; así, por ejemplo, en esta elegía escrita por alguien que ha decidido vivir deprisa: «Pasan los días- / No pueden quedarse- / No me doy cuenta». O en esta rara delectación en la muerte con el concurso de un motivo tradicional de la estrofa: «El gusano mira / a la luna, / Me espera». Son éstos los haikus en que Kerouac hace suyo el género y lo adapta a su peripecia vital, o a su pulsión escatoló-gica: «Solitarios muros de ladrillo en Detroit / Toca meada / de domingo por la larde». Es donde, diríamos, se opera el trasvase de una cultura a otra; una operación en la que el haiku pierde y el haiku gana, como pierde y gana el lector de una traducción; en ésta de Marcos Canteli, que indirectamente se hace haikuista, la pérdida tiene que ver, sobre todo, con cierta literalidad; pero la ganancia es máxima, porque el poeta de Bimenes sabe hacernos llegar a Kerouac a través de su propia escritura y logra situarnos, con algunos encabalgamientos (y respetando la singular puntuación Impresionista del estadounidense), en el mundo de fracturas de su mejor poesía: «Muchacha con carro- / ¿qué / sé yo?».
LUIS MUÑIZ
Culturas - LNE
29 de noviembre de 2007
LUIS MUÑIZ
Culturas - LNE
29 de noviembre de 2007
martes, 13 de noviembre de 2007
Jack Kerouac en la Escuela de Letras de Madrid

Actualidad literaria es la revista de noticias de la Escuela De Letras de Madrid. Ernesto Bottini, su editor, publica hoy una extensa reflexión sobre el Libro de jaikus de Jack Kerouac. Podéis enlazar con esta revista en el pinchando aquí.
Gracias, Antón
Recapitulando descubrimos que también el blog de Antón Castro hizo un hueco a nuestro último libro. El pequeño anticipo lo podéis leer en el siguiente enlace.
Traducir un relámpago
"No es fácil, contra lo que puede parecer en principio, captar el chispazo de los tres versos de un jaiku, y es menos fácil aún saberlo transmitir. Y ese es el mérito -que no debería pasar desapercibido- de esta traducción, hecha por alguien que es también poeta y sabe lo que es moverse en ese incierto terreno que está en el límite del significado, allí donde el lenguaje es revelación o relámpago". Podéis leer el resto de reflexiones de Santos Domínguez acerca del trabajo de traducción de Marcos Canteli con los jaikus de Jack Kerouac.
sábado, 10 de noviembre de 2007
Todos somos contingentes

Otro blog, Todos somos contingentes, se hace eco de la llegada a las librerías del libro de jaikus de Kerouac. Recoge, además, una pequeña selección de estos jaikus.
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