viernes, 9 de noviembre de 2007

Un "beat" con espíritu "jaikín"




El diario El Público incluye hoy en sus páginas culturales un artículo de Carlos Pardo sobre la publicación en España del Libro de jaikus:


Kerouac, un beat con espíritu jaikín



"Los beats estaban llama­dos a subvertir los principios del gran imperio norteameri­cano para recordarle a USA sus orígenes exploradores: de la naturaleza, de la vida sin dog­mas, del inconsciente. Hacien­do caso del verso del gran Walt Whitman, los beats utilizaron su cuerpo y su espíritu como campo de pruebas de la con­tradicción: "¿Me contradigo? Sí, me contradigo, soy infinito, contengo multitudes".


Síntoma o resultado de es­tos vagabundeos del Dharma, de los infiernos y paraísos ex­teriores e interiores de las sus­tancias psicoactívas, los beats se pusieron rumbo a oriente. Alien Ginsberg a la India, Gary Snyder a Japón y Jack Kerouac, el padre del movimiento, el de prosa más fluida.


Pero Kerouac sólo llegó has­ta México. Por lo menos su cuerpo, porque espiritualmente frecuentó los espacios vacíos de la galaxia budista y miró la realidad norteamericana con la ligereza de un jaflán, el escri­tor de jaikus.


De la mano de uno nuestros mejores poetas actuales, Mar­cos Ganteli, la próxima sema­na se publicará una selección de los jaikus de Kerouac. El au­tor de En el camino o Los subte­rráneos fue un poeta que "es­cribe largo en líneas, párrafos y páginas, muchas páginas", como le reconocen los millares de lectores de una obra con un estilo siempre solvente, intré­pido y sin hacer remilgos a las contradicciones de la realidad, una escritura como un flujo musical. Pero ese gusto por la contaminación espiritual. Tan beat y tan de poeta moderno, se aprecia también en sus "poe­mas en verso corto". Este Li­bro de Jaikus (Bartleby Edito­res) da la razón a Dylan cuan­do afirmaba que Kerouac era el primer poeta que le había ha­blado en su lengua.


Espiritualidad nipona


Las más de doscientas páginas de Libro de jaikus contienen al­go más que una copia yanqui de una retórica oriental. A Ke­rouac no le interesan los rigo­res de la métrica que convierte a cualquier escritor de ratos li­bres en jaikín. Si el jaiku se compone de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas respectivamente, eso le importa poco, hay mu­chas diferencias entre el siste­ma vocálico nipón y el inglés como para intentar traducir sólo la fórmula. A él le intere­sa más bien un trasvase espi­ritual, aunque respete los tres versos.


Para eso hay que tener cla­ro qué es un jaiku, o más bien qué no es: no es un ejercicio in­telectual, no es una metáfora, ni un desahogo del yo... ¿Qué queda? Una mirada breve y directa sobre la realidad, la chis­pa de una imagen irrepetible. El resultado son instantáneas que destacan las paradojas de nuestra percepción: humor y vitalismo. Kerouac supo conjugar dos realidades aparentemente dis­tintas, pero extrañamente con­ciliables: la ligereza de la escri­tura oriental con la brevedad caótica del mundo moderno".



Carlos Pardo

El Público

9-11-07

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